Harto, se miró por
decimocuarta vez en el espejo. ¿Qué era lo que faltaba?
Color no, claramente.
Tampoco era cuestión de tamaño, pero el vacío era importante y se notaba.
Qué enfermo lo ponía. Lo
exasperaba, al punto que se volvió a poner el traje y apagó la blackberry para salir a caminar: Total, era muy
improbable que a esa hora cerrara alguna transacción importante.
Deambuló por el barrio, se cruzó a un par de colegas
-entre ellos un pesado que siempre quiso robarle el puesto, y que ahora lo
interrogaba, envidioso.
Cuando se lo sacó de encima, siguió andando,
circunspecto, y sin darse cuenta recorrió más de 30 cuadras. En ese instante,
una verdulería se lo chocó y le rompió las cavilaciones.
De puro vengativo, resolvió
entrar y robarse una fruta cualquiera, una pera quizás.
Una testigo lo reconoció:
"¿Pero ese no es el gran funcionario...?"
Recién en el camino
comprendió la naturaleza del acto, ¡eso había estado buscando!
Rió como un bebé, y volvió
a su casa corriendo, inundado de ansiedad. Se sacó el traje, se cercioró de que
sus hijos no estuvieran, y, algo más tranquilo, se posó frente al espejo.
Levantó la pera, y la
acomodó en el lugar exacto. Lo maravilló el contraste, sobretodo con su piel.
Satisfecho, se miró por
decimoquinta vez: ahora sí su tocado parecía el de Carmen Miranda.


1 sabias opiniones:
Jajajajajja, Carmen Miranda. Genia !
Un beso Meritaaa
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