Paseábamos con papá por unas ferias bolivianas en búsqueda de exotismo. En los coloridos puestos había desde mantas y gorros coya hasta peinefinos de colores flúo, pero lo que a nosotros nos llamó la atención fueron unos muñecos hechos de pan con carita de yeso que estaban absolutamente en todos los puestos. Se veían realmente tentadores, y como además yo no había almorzado le propuse a papá comprar un par para saciar mi hambre voraz. Apenas los tuve en la mano me los llevé, dispuesta a mirar otros puestos, y mientras hincándoles el diente casi con desesperación. Al rato me di cuenta de que Papá no estaba conmigo, sino que se había quedado hablando con la puestera, que de tan emponchada parecía la pachamama. Me acerqué justo para escuchar: “Sí, las guagüitas deben comerse en 2 días, porque son para ofrendar a los muertos…” Ya era tarde. Cuando me acerqué o la expresión me delató o me quedaron migas en la boca, quizás fue que ya no las tenía más, porque la puestera exclamó “¡Oh! ¡te las has comido!” con una mezcla de risa y horror. Seguramente mi cara de arrepentimiento le inspiró lástima, por lo que no me regañó ni nada, y papá entendió el silencio de la mujer, asique se fijó que nadie nos hubiera visto e instantáneamente me alejó de ese lugar.

1 sabias opiniones:

Anónimo dijo...

El hambre tiene cara de ereje,a no,no era asi, pero...queda.
Nicolas

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