Traumas culinarios II

Con todo mi amor, dedicado a Carloncho ( que por supuesto NO se llama Carloncho)

Sigamos con mis traumas relacionados a la comida. Éste duró muchísimos años, tuvo lugar desde primer grado hasta sexto. Resulta que siempre en el primario al mediodía las profesoras llenaban el patio de mesas y ahí comíamos todos juntos. Había dos opciones; llevarse la viandita de casa, o comer la comida de 'comedor', o sea, una milanesa de perro fría y manoseada por Felisa, la encargada de la cocina, junto a un gracioso y firme timbal de arroz insípido.
La mayoría elegían esa opción, excepto Carloncho, mi estudioso compañerito, y yo.

Este chico, o mejor dicho su mamá, tenía la costumbre de llevar un día sándwiches de salame todos retorcidos metidos en un taper de 2x2cm que no se ventilaba desde la noche anterior, y si no patitas de pollo, en el mismo estado. Y como Carluch era bastante amigo mío tenía la maldita costumbre de sentarse a mi lado y hablar conmigo. Eso no me molestaba, diría que teníamos diálogos interesantes, pero el problema empezaba cuando le agarraba hambre y sacaba el mini taper. Una ráfaga de olor concentradísimo a salame/patitas que me revolvía las tripas, encima el otro que masticaba y hablaba, capaz me decía secretos y yo sentía oler ese perfume directamente con el oído ( sin contar el ruidito mslt mslt que hacía en mi oreja ) .. y... yo no comía más. No. Todo ese conjunto sensitivo directamente me sacaba el hambre. Pero esto no terminaba aquí, en 3er grado también se sentaba conmigo, y como me hablaba cerca, tenía que soportar el aroma a sanguchito directo de su boca. ¡ Qué delicia !
 
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