Dioses y Deidades del Paraguay
La increíble historia de San Pollo, el mártir peregrino.

En nuestro viaje al Paraguay, entre visitas a las iglesias, catedrales y museos, nos encontramos con la imponente figura de quien hasta el momento se nos presentaba como un misterio. Sus alas al viento, sus patas flacas, rojas y sangrantes; llagadas por su incansable andar y su mirada perdida al cielo.
Sufriendo el calvario del Nazareno, su carne es pan y su pluma almohada de indio. Es la historia de San Pollo Peregrino, un pajarito que dedicó su vida a brindar amor y picotear entre los pastizales, dicen las malas lenguas que es la representación de la blanca paloma del espíritu santo, dada la baja capacidad del Umpa Aborigen como tallador de imágenes religiosas, la que confunde con un pollo crucificado. La verdadera historia de San Pollo esconde la vida, pasión y muerte del gallináceo americano.
Fue la bota del conquistador el principio del martirio de San Pollo. Pasó su adolescencia a medio emplumar y con granos en el pico, haciéndose el seductor con su horrible y desafinada voz. Buscando su éxito personal, endomingó sus pocas plumas con gel, y partió a dominar el mundo.Hasta que la mano de Beata Doña Elvira, quien, creyéndolo parte de su criadero, lo tomó del cogote y lo hizo girar 300 veces. Nuestro protagonista, astutamente, le picoteó el dedo. Después de la maravillosa hazaña, fue devuelto al gallinero, donde conoció a otros pollos como él, víctimas del encierro y de la esclavitud. Buen predicador como era, San Pollo dio un discurso y los convenció de la necesidad del inicio del Gallinazo, por una América libre.

San Pollo no pudo distinguir, en el fagor de su discurso, que no eran pollos a los que les estaba hablando, si no a los Dodó, que con el pechito inflado por las encendidas palabras del plumífero profeta dejaron su carne en menos de 10 años en las cacerolas del dominador español. ¿ Sería el Bon-vivir el camino a la libertá ' ?
La prédica de San Pollo convenció a otras aves de emplumarse de negro el dorso y de blanco el pecho. Desde entonces los pingüinos dominan el hielo antártico, con el remoquete de 'Pájaro bobo'.
Decepcionado por sus desastres, San Pollo encontró su destino en el mundo de la meditación.
Se sentaba, tranquilo con las patas rojas en el riacho, tomando tereré. Un día de desgracia sintió la mano gruesa y áspera del indio sobre su cuerpo. Fue desplumado, muerto y rostizado. El crocante aroma de su piel a las brasas, sus trocitos envueltos en masa de empanadas, o hechos albóndiga recorren las mesas de América y el mundo.
Por eso, el altar en el que veneramos a nuestro santo, es el Parripollo de cualquier esquina.
Basta con llamar al Rohayhú para que se lo vendan en 4, al medio o con arroz.
Gracias San Pollo. Siempre te llevaremos en nuestro corazón americano, mártir peregrino.
 
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