No sé si recordarán hace algunos años esa moda de las tazas
con nombre o con signo zodiacal, con dibujos como Garfield y frases del estilo
“De aquí solo toma ALICIA”. En esa época yo tendría unos 7 años, y, no les voy
a mentir, esas tazas me fascinaban.
Una tarde tuve que acompañar a mis abuelos a un bazar,
porque tenían que comprar un porta servilletas, lo cual significaba una
oportunidad única de encontrar otra más de esas tazas.
El viaje en colectivo era largo, probablemente yo importunaba
a mis abuelos con preguntas tontas de todo tipo… hasta que llegamos.
El bazar quedaba en Liniers, y era gigantesco. Mientras
ellos buscaban sus cosas, me fui a recorrer cual exploradora los confines del
bazar… estaba segura que tendrían.
Finalmente me topé con una pared entera con ganchos de los
cuales colgaban decenas de tazas, todas con nombres, iniciales, y dibujos de lo
más kitch. La felicidad me colapsó el cerebrito y corrí como una enajenada a
revolver entre todas para encontrar aquella que fuera para mí, y mangueársela a
mis abuelos, pero evidentemente puse demasiada emoción en el asunto, porque al
colgarme de un gancho… ¡PRAFFFF! Se cayeron todísimas al piso, haciendo un
ruido ensordecedor.
Mis abuelos corrieron a socorrerme, y al rato apareció la encargada del local.
Yo seguía sentada en el piso (porque también me caí) y miraba arrobada para todos lados, sin saber qué hacer.
Mis abuelos se querían morir.
Mientras, la encargada revisaba las tazas junto a ellos,
para cobrarles aquellas que estuvieran rotas. Yo aproveché ese momento para
huir avergonzada al fondo, pero me engancharon justo y me hicieron quedar.
Para bronca de la encargada, no se había roto ninguna, pero
a mí no me importaba: sentía una
vergüenza imposible de superar.
Asique mientras mis abuelos pagaban, decidí para zafar
fingir que me causaba gracia.
Eso sí: siempre de espalditas, y con los ojos
llorosos.



